miércoles, 22 de junio de 2016

Muerte Triunfal, Trascendencia e Inmortalidad


Nuestra tesis doctoral pretendió conocer el alma misma de la Hispania céltica a través de su tradición guerrera. Tanto a nivel de organización sociopolítica y económica, como a nivel de principios, valores y creencias. La tesis doctoral la hemos adaptado al ámbito de editorial para poder publicarla y de dicha adaptación extraemos este fragmento que aquí os presentamos.

En él mismo planteamos la tradición guerrera de la Hispania céltica, como una tradición heroica en la que la figura idealizada del Héroe, será el referente fundamental que oriente el ethos guerrero de los pueblos hispano célticos. Ethos en el que la concepción agonística de la batalla y la muerte en combate, harán de los caídos en la lucha  merecedores de en un lugar en el Más allá Celestial, junto al Héroe fundador y los Dioses.

Tal como ya hemos visto, el escenario socioeconómico en el que nos movemos a la hora de estudiar la Hispania céltica, nos remite en general a unas sociedades de base fundamentalmente ganadera, necesitadas de pastos y dispuestas a competir por los recursos asociados a dicha actividad ganadera, con agriculturas de subsistencia enfocadas fundamentalmente al autoabastecimiento familiar, y con un comercio todavía de pequeña importancia pero en proceso de muy posible y creciente expansión.

Al frente de estas sociedades habremos encontrado unas élites guerreras, detentadoras del poder político, organizadas en grupos armados alrededor de jefaturas, y articuladas a través de las instituciones de la clientela y la devotio, las cuales a su vez se fundamentarán en un alto concepto de la fidelidad y el honor. Concepto que habremos sintetizado con la palabra Areté, entendida ésta como excelencia conforme a virtudes guerreras. Areté que a nuestro parecer, fundamentará todo el entramado ideológico de estos pueblos y  hará del ideal heroico el elemento protagonista y esencial de sus creencias. Este ideal heroico será el que trataremos de desgranar a continuación.

Por desgracia los pueblos de la Hispania céltica e indoeuropea apenas nos habrán dejado testimonio escrito de su historia o religión, con lo que básicamente a la hora de investigar tendremos los restos materiales, las referencias de las fuentes clásicas y las analogías y paralelismos con el resto de la Europa de la Edad del Hierro. Siendo a partir de aquí que deberemos encontrar los indicios de cual pudo ser el fondo último que animó el espíritu del mundo hispano céltico.

En este sentido, planteamos para la Hispania céltica un universo de “Principios, Valores y Creencias” en el que los atributos ideales del “Guerrero”, serán tenidos como las virtudes propias de la más alta valía y realización personal, colectiva y espiritual[1].

Este tipo de planteamiento alcanzará su más alta plasmación simbólica en la figura ideal del Héroe. Guerrero divinizado tras su muerte que alcanza la Inmortalidad tras una vida de gestas y una “muerte triunfal” en el campo de batalla. Héroe que será así referente ejemplar de la comunidad, antepasado fundador de la estirpe y merecedor de un lugar junto a los “Dioses Inmortales”. El Héroe cumplirá también de este modo la función de intermediario entre la esfera Sobrenatural de los Dioses, y el mundo natural de los Hombres, siendo el “Camino del Héroe”, la vía de realización espiritual que conecta ambos mundos.

El “Camino del Héroe” se convierte de este modo en una vía de realización personal y espiritual orientada hacia la Trascendencia, en la que el propio ámbito de la Divinidad y lo Sobrenatural, son horizonte último de referencia así como garante de dichos valores e ideales heroicos. Elevando más allá de su condición mortal a todo guerrero que sea capaz de recorrer dicho “camino”-y tras morir luchando en la batalla- hacerlo merecedor de la Inmortalidad[2].

En este camino del Héroe,  la exaltación  de los valores propios de una “tradición guerrera” y el ensalzamiento de la “bella muerte” (de la muerte en combate) serán categorías esenciales. Produciéndose de este modo la idealización del valor, la disciplina, la lealtad, la jerarquía, la magnanimidad, el desprecio por la propia muerte así como un especial concepto de la libertad, entendida ésta, como la superación del miedo a la muerte y el apego a la propia vida.

Es la ética agonística que poetiza la batalla final y la muerte heroica, y en la que bajo los compromisos de Honor y Fidelidad, se da testimonio de la superación de uno mismo con la entrega generosa de la propia vida en la lucha. Siendo entonces que las puertas de la Trascendencia se abren para el “caído en la batalla” y la “muerte heroica”, se convierte en prueba definitiva del temple del guerrero y de su merecimiento de la Inmortalidad.

Estamos así frente a la idea de la mors triumphalis o “muerte triunfal”, en la que la muerte en batalla, espada en mano, consuma el ideal de una vida guerrera y abre las puertas de la Trascendencia y la Inmortalidad a la simple naturaleza humana. La cual ya no será tal, pues en virtud de dicha muerte en combate, el Guerrero se elevará sobre las contingencias y condicionamientos propios su mera existencia terrenal, alcanzando el plano de “lo Eterno e Inmutable”.

Nos vamos a encontrar así con una ética agonística y guerrera tras la cual, se nos desvela un planteamiento de fondo de gran calado. Una ética y espiritualidad que denominaremos heroica y en la cual el Guerrero, estará llamado a superar su mera contingencia terrenal de mano del ideal heroico. Siendo entonces que adquiere los atributos propios de lo divino y se hace partícipe de la Eternidad.

Este Héroe, guerrero divinizado post mortem, a su vez se convierte en referente y protector de su comunidad así como continuador del ejemplo dado por el padre de la estirpe. Esto es, el ejemplo del Héroe fundador e inspirador del “Camino del Héroe”, intermediario primero entre el mundo Sobrenatural de los Dioses, y el mundo natural de los Hombres. Por decirlo de alguna manera, el “pionero” de esa vía que permite elevar la naturaleza humana y por medio del ideal heroico, hacerla análoga a la de los “Dioses Inmortales”.

Este planteamiento cuyas líneas generales acabamos de sintetizar y que será el que trataremos de desgranar a lo largo de los dos siguientes capítulos de nuestro estudio, podrá rastrearse en el solar de la Península Ibérica y de manera especial, a partir de la concepción agonística de la propia muerte que tan señaladamente encontramos en la Hispania céltica (Sopeña Genzor 1987, 1995, 2004, 2005a y 2010a y Sopeña Genzor y Ramón Palerm 2002). Agonística que como no podrá ser de otra manera, para poder sostenerse, demandará de una determinada ética y espiritualidad que la fundamente y dé sentido. La ética y espiritualidad heroica que vamos a tratar de perfilar y que podremos encontrar refrendada por las pistas que nos dan las propias fuentes literarias, el estudio del registro arqueológico, y en general los paralelismos y analogías que encontraremos en el mundo de valores y creencias de la Edad del Hierro europea.

En este sentido resultarán sintomáticas a la hora de rastrear esa ética agonística del mundo hispano céltico, las referencias de las fuentes a los suicidios rituales: “Al ver llegado el fin de su resistencia, a porfía se dan muerte (…) en medio de una comida, con un veneno que extraen del tejo” (Floro II, 33, 50).  “Existe entre los hispanos la costumbre de que los hombres que forman la guardia personal del general mueren con él si éste sucumbe. Los bárbaros de allí lo llaman el supremo sacrificio”. (Plutarco, Sert. XIV) ó “llevan un veneno obtenido de cierta planta (…) que mata sin dolor, con lo que tienen un remedio siempre pronto contra acontecimientos imprevistos; e igualmente es costumbre suya la de consagrarse a aquellos a quienes se unen, hasta sufrir la muerte por ellos (Estrabón, III, 4, 19). Del mismo son destacables las referencias de las fuentes clásicas a las resistencias desesperadas: “Incendiaron sus murallas y unos se degollaron y otros prefirieron perecer en las mismas llamas” (Dion Casio, LIV, 5, 1) ó “habían acordado que muchos todavía aspiraban a la libertad y deseaban quitarse la vida ellos mismos (antes que entregarse a los romanos). Así pues, solicitaron un día para disponerse a morir”  (Apiano, Iber. 96). Estas mismas actitudes tendrán refrendo en la negativa a entregar las armas bajo ningún concepto: “Se suicidaban convencidos de que sin armas nada valía la pena”  (Tito Livio 34, 17) y “Los caballos y las armas les son más queridos que su propia vida”  (Trogo Pompeyo 44, 2, 3). Y finalmente tendremos en la exposición de los caídos en combate a los buitres, la máxima expresión de todo lo que venimos señalando: “Les es un honor caer en combate y un sacrilegio incinerar un cuerpo de este modo. Pues creen que son retornados a los cielos, junto a los Dioses de lo alto, si el buitre hambriento devora sus miembros yacentes” (Silio Itálico 3, 340-342) ó “A los que han perdido la vida en la guerra los consideran nobles, valientes y dotados de valor y, en consecuencia, los entregan a los buitres porque creen que éstos son animales sagrados” (Claudio Eliano X, 22).

Del mismo modo el mundo funerario que se muestra en los restos arqueológicos de la Hispania céltica, nos indicará una visón del Más allá en la que los hombres se hacen acompañar a la pira funeraria con sus armas, que se convierten en el elemento más claramente definidor de su personalidad. De su estatus, de la imagen que tienen de sí mismos. Identificándose con sus lanzas, puñales y espadas, que se llevarán con ellos a la “otra vida”. Convirtiéndose así el armamento, la actividad guerrera, el combate singular y las virtudes asociadas a éstos, en elementos principales de prestigio y de valoración personal y social.

Indudablemente todo esto no serán sino indicios de una cultura guerrera que alcanzará su cima expresiva en la mors triunphalis del guerrero muerto en combate. El cual, mediante ese morir luchando, testimonia una liberación con respecto a lo que no es sino mero apego a la vida terrenal. Materializando entonces un ideal heroico que fundamenta y da sentido a esa concepción agonística de la muerte a través de la cual, se abren las puertas de la Trascendencia y la Inmortalidad.

En el mundo celtibérico podremos encontrar escenificada ritualmente la “trascendencia” de los caídos en combate a través de la acción de los buitres. A cuyos picos y garras se abandonarán los cadáveres de los muertos en batalla. Siendo entonces consumida la “envoltura material” del guerrero y elevada después su alma a las “Alturas”, en las alas de esos mismos buitres.

Este ritual de exposición de los cadáveres de los caídos en combate a los buitres, nos indicará que no es necesaria la purificación del cuerpo mediante la correspondiente cremación, para aquellos que ya se han purificado con el “fuego” de la batalla. Para aquellos que han concluido el supremo “sacrificio” y han entregado su vida en aras del heroísmo (Sopeña Genzor 1987).  Es la idea de la “bella muerte”, de la “muerte heroica”, de la “muerte triunfal”. Tras la cual el guerrero puede dejar atrás su mera condición humana, contingente y terrenal; y conquistar un estatus de grandeza espiritual propia de los que merecen la Inmortalidad. Se convierte así en Héroe, par de los mismísimos Dioses en el Cielo: “creen que son retornados a los Cielos, junto a los Dioses de lo Alto” (Silio Itálico 3, 340-342).

Los Héroes se convierten de esto modo en intermediarios de los Dioses y los Hombres, en protectores a su vez de los suyos, y en los “ancestros sagrados” de sus respectivos pueblos y estirpes. Ancestros que indican el camino que conduce a “los Cielos” y que serán de este modo, fuerzas de lo Alto que cada pueblo podrá invocar antes de un nuevo combate para recalar el apoyo del mundo sobrenatural y hacer que a los vivos, les acompañe en la batalla el “espíritu” de sus antepasados. Se mantiene también así una cadena invisible que une las generaciones de una misma estirpe a través de ritos y sacrificios que ligan a los vivos con sus ancestros, tomando los primeros de los segundos no solo inspiración y ejemplo, sino también verdadera fuerza espiritual y mágica.

En este orden de cosas debemos insistir tanto en la idea de la exposición de los caídos en combate a los buitres, como en la idea de la cremación de los muertos, pues para ambos casos, tendremos una idea principal que no podemos dejar de señalar: La idea de la reducción del envoltorio o soporte material de la personalidad humana-el cuerpo-y la elevación subsiguiente del elemento espiritual-el alma. Elevación que debe ser entendida como acceso a regiones Superiores descondicionadas de la mera terrenalidad, y para las cuales el cuerpo del difunto, parece convertirse en un mero  residuo material. Una carcasa vacía que debe ser purificada por el fuego para que el alma pueda desprenderse de las adherencias propias de la vida meramente terrena, y roto el vínculo del alma con lo que no es sino mera fisis, dejar vía libre a ésta para el “retorno a los cielos” (sic) que hemos visto en la cita de Silio Itálico.

Hay detrás de todo este planteamiento un obvio y verdadero ejercicio de ascesis, de ascesis guerrera. De pretensión de descondicionamiento del sujeto conforme a principios y fines  totalmente espirituales, pero articulada a través del ejercicio activo de la vida del guerrero, de la vida de las mannerbünde o “cofradías guerreras”. Es así un planteamiento que podrá estar prefigurando el concepto de “Orden”. De orden “ascético-guerrera”.  Esto será especialmente rastreable en distintos momentos de las fuentes clásicas. En las descripciones que nos llegan de los funerales de Viriato: “Tras haber adornado a Viriato del modo más espléndido le prendieron fuego sobre lo alto de una pira y le inmolaron numerosas víctimas. Por secciones la infantería y la caballería marcharon alrededor del cadáver, iban entonando cánticos al modo bárbaro y todos se sentaron en torno a él hasta que el fuego se extinguió” (Apiano, Iber. 75). En lo que se nos dice del fin de Retógenes en Numancia: “Retógenes, jefe numantino, rendida ya la ciudad, ordena a sus hombres luchar a muerte por parejas frente a una gran hoguera mientras él observa con su espada clavada en el suelo. Los vencedores, tras arrojar los cuerpos de los compañeros muertos al fuego, dirigen sus armas contra ellos mismos y también se arrojan al fuego. Finalmente Retógenes también se clava su propia espada y acto seguido se arroja al fuego con el resto de sus camaradas” (Floro 1, 34, 11). En lo que se señala sobre comunidades de vida “espartana” en el Duero: “Se dice que algunos de los que habitan junto al río Duero viven como espartanos, ungiéndose dos veces al día con grasa y utilizando saunas de piedras candentes, bañándose en agua fría, y tomando una sola vez al día alimentos puros y sobrios” (Estrabón III, 3, 6). O de las referencias a las propias clientelas que siguen a Sertorio: “A Sertorio le seguían decenas de miles de Hombres dispuestos a hacer por él este tipo de sacrificio” (se refiere en el texto a la devotio) (Plutarco, Sert. XIV).

En este sentido parece interesante plantear como esta idea de ascesis guerrera, no solo nos mostrará el fondo espiritual que anima las culturas de la Hispania céltica, y quizás en general las culturas europeas de la Edad del Hierro. Sino que además, podría estar mostrándonos la semilla y germen de la tradición medieval de las órdenes monástico-guerreras. Obviamente el desarrollo en profundidad de este planteamiento, se escapa a los límites e intenciones de este estudio. Si bien, señalamos aquí esa línea de indagación para mostrar cuan amplias son las posibilidades que nos brinda el estudio del mundo cultural de la Edad del Hierro, a la hora de dar cuenta y comprender diversos fenómenos de la historia de Europa. Especialmente en el ámbito de la Plena Edad Media así como en el ámbito de la Roma imperial. Volveremos sobre estas ideas al final de nuestro estudio.

En definitiva y cerrando esta introducción, la propia ética agonística que encontramos en las costumbres guerreras de la Hispania céltica, nos estará señalando una ética heroica en el sentido más espiritual del término heroico. Esto es,  la afirmación de una realidad Superior y Sobrenatural-un “Más allá celestial”-a la que se podría acceder a través del cumplimiento de un ideal heroico de vida y de muerte. Ideal que elevaría al sujeto por encima de la condición mortal y simplemente terrena, y le haría merecedor de la Inmortalidad. Conquistando entonces una “naturaleza” análoga a la de los Dioses, convirtiéndose así en un Héroe. Héroe que funcionará a su vez como una verdadera “divinidad” protectora de su comunidad a la cual incluso, se podrá invocar antes del combate recabando de ese modo fuerzas desde el “Más allá Celestial”.

Al tiempo, se dará la figura de un Héroe primero y fundador, situado en la raíz misma de la estirpe, de la gens, y que será el antepasado heroico, semidivino y primordial del cual desciende esa comunidad. Siendo dicha figura el modelo ejemplarizante que sintetiza e inspira la “vía del guerrero”, el “Camino del Héroe”.

Para dicho “camino” la formación y ordenación del alma y la vida de acuerdo a los conceptos de Areté, de Fides, de mors triunphalis. De honor, de lealtad, de bella muerte.  De ascesis guerrera y purificación con respecto a la vida condicionada de la terrenalidad y el miedo a la muerte. Y entonces sí, la liberación consecuente del alma y su acceso a la Trascendencia junto a los “Dioses Inmortales”.  Lo vemos ya de modo pormenorizado en el siguiente apartado…

[1] Este planteamiento que vamos a sintetizar seguidamente en esta introducción, lo recogemos ahora sin entrar a penas al detalle de los correspondientes refrendos bibliográficos, siendo en el siguiente apartado que desarrollando las ideas aquí presentadas, dichos refrendos quedarán debidamente señalados.

[2] Entenderemos el término Inmortalidad no como una mera supervivencia postmortem del sujeto y su individualidad, sino como una superación de dicha individualidad meramente humana, mediante el merecimiento y la adquisición a través de la gesta heroica, de la esencia misma de lo divino.

Escrito por Gonzalo Rodríguez, extraído de: http://gonzalorodriguez.info/muerte-triunfal-trascendencia-e-inmortalidad/

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