jueves, 29 de diciembre de 2016

¿Individualismo? ¿Colectivismo? ¡Comunidad!

Artículo traducido desde el original de Mark Citadel para Social Matter. Las posturas aquí defendidas son las del autor original del texto, cualquier inexactitud en la argumentación o la exposición se deben a la impericia del traductor.



Hace algún tiempo, se publicó en Social Matter un artículo titulado Ants of Islam Dismember Europe’s Spider Society (Las hormigas islámicas descuartizan la sociedad de arañas europea), En el que argumentaba que una de las razones subyacentes a que Europa en particular se ha visto incapaz de responder a las provocaciones de los ataques islámicos de maneras que históricamente se verían normales es que Europa se ha distanciado de la mayoría de sus actitudes colectivistas y ha abrazado un individualismo rampante que aísla a los miembros de la sociedad, los dispersa como metralla atomizada, y los deja como poco sordos y ciegos ante cualquier amenaza que no les afecte personalmente de modo significativo.

Así pues, para ilustrar esto rápidamente: el mayor experimento colectivista es el propio Islam, que en la mayoría de casos es una fuerza niveladora y colectivista, trascendiendo otras identidades colectivas hasta un cierto punto. De este modo, hasta minucias como insultos a la religión en forma de blasfemia (como se practica a menudo en Occidente) de algún modo provoca revueltas en Egipto y Pakistán simultáneamente. Sin embargo, un ataque físico, un asesinato de cientos de personas en Europa, se recibe con #hashtags y pérdidas agudas de memoria a corto plazo por toda Europa.

Dicho esto, como se me indicó, la comparación de esta situación a las mentalidades competidoras de las arañas (individualistas) y las hormigas (colectivistas) tenía carencias por su sobresimplificación, especialmente porque los insectos tienen sin duda sus comportamientos exclusivamente gobernados por la “programación” y la agencia consciente no juega un papel decisivo. Cuando consideramos esto, debemos descartar el paradigma individualista/colectivista como una dicotomía inadecuada para el comportamiento humano.

Queremos desarrollar una teoría unificada en respuesta a esta cuestión, que tiene cierto peso al pertenecer a la metapolítica y la teoría de la gobernanza. Primero, definamos estos términos. Nótese que quiero evitar juicios morales sobre la libertad individual o el poder colectivo de momento, para concentrarme en vez de ello en lo que generalmente constituye un modelo superior para las relaciones sociedad/Estado.

Individualismo: La creencia en que la libertad individual, la soberanía y responsabilidad personales y el respeto por el libre albedrío de todos los miembros contribuyentes de una determinada sociedad son tanto alcanzables como monótonos. Debido a esto, las preocupaciones secundarias deben siempre ceder el paso a la primacía del individuo.

Colectivismo: La creencia en que la integridad colectiva, la vitalidad y soberanía del grupo, y el destino colectivo de una masa determinada que recae en una cabeza o un número de cabezas son tanto alcanzables como monótonos. Debido a esto, las preocupaciones secundarias deben siempre ceder el paso a la primacía del colectivo.

Notas aclaratorias: Monótono se usa aquí con la definición económica, la de que “cuanto más de esto, mejor”. El intríngulos del destino colectivo es que un colectivo sólo existe en teoría, y las sociedades colectivistas son capitaneadas por una élite muy obvia, aunque pretendan que no es así.

Dadas estas definiciones, sostengo que la segunda posición es más evidente que la primera, y que la evidencia histórica (si es que podemos llamar así a lo que se está desarrollando ante nuestros ojos) parece apoyarla. En general, reconocemos que la misma definición de un grupo o colectivo requiere de cierto sacrificio por parte de sus propios miembros para siquiera existir. Renuncian a cierto bien percibido X que se podría disfrutar como individuo a cambio de un bien Y que va al colectivo, ya sea tiempo, dinero o incluso sangre. A veces no hay elección (p. ej. impuestos). Por esto, los grupos pueden hacer más cosas normalmente que los individuos, lo que parece bastante obvio.

Teniendo esto en cuenta, ¿triunfan siempre las sociedades colectivistas (hablando en términos de grado, no absolutos) sobre las individualistas? No. Y ahí es donde la dicotomía simplista fracasa. La URSS perdió la Guerra Fría. Se puede aducir que sus valores subyacentes triunfaron, pero eso es otra historia. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es que la sociedad soviética, altamente colectivizada, donde la propiedad privada misma estaba supuestamente obsoleta, no logró durar ni un siglo contra el poder capitalista de los Estados Unidos, un sistema sin duda más individualista?

Hay un sinfín de factores contribuyentes a los que se puede apuntar; estrategia, calidad del liderazgo, puntos de partida tecnológico, recursos naturales, geografía y un largo etcétera. Pero el motivo clave es que el colectivismo de la Unión Soviética existía primariamente en las mentes de sus “arquitectos”, no en el terreno. Era un constructo artificial que sufrió varias mutaciones, pero en su base no era realizable en ningún nivel de civilización, por eso nadie lo había adoptado antes. Una de las cosas interesantes que se pueden decir sobre la economía comunista en relación a mi artículo original es que si los humanos fueran hormigas podría haber funcionado. Por desgracia los humanos no somos hormigas, y decir a todos que usen sus energías en igual medida resulta en unos pocos grandes científicos y osados cosmonautas sobre una población cuya gruñona a la par que jocosa máxima es “Hacen como que nos pagan, y nosotros hacemos como que trabajamos”.

El reinado del marxismo dijo a las gentes del Imperio Ruso que todos eran iguales, que su sociedad estaba a punto de avanzar osadamente a un futuro que trascendía ruines constructos sociales como origen étnico, sexo y sobre todo clase social. Si esto hubiera sido cierto, habría habido una distribución igualitaria por sexos de los poceros de las alcantarillas soviéticas en 1960, Stalin habría cenado serrín y cola de empapelar, y el desenlace del colapso de la URSS no habría significado la independencia de Georgia, Lituania, Estonia, etc. Esta colectividad definitiva, este “gobierno proletario” era una ficción, y los colectivos ficticios son, en mayor o menor grado, débiles siempre.

Cuando Hitler lanzó su invasión de la Unión Soviética, Stalin no encontró victoria alguna en hablar de “proletariado contra burguesía”. No, la guerra era rusos contra alemanes, y de hecho ni eso bastó. Stalin tuvo hasta que llegar a un compromiso con la Iglesia Ortodoxa y permitirle cierta presencia de nuevo, para espolear a las tropas soviéticas contra la Wehrmacht invasora. Tuvo que recurrir a colectivos que no estaban diseñados por la mano del Estado o auspiciados por ninguna ideología. Ahí se separan los caminos del reaccionario de los del absolutismo colectivista. Para dilucidarlo por completo, esto requiere de la introducción de una palabra a nuestro vocabulario que no es de origen español.

La palabra sobórnost’ (Собо́рность) se acuñó en algún momento de principios del siglo XIX por parte de los eslavófilos (la eslavofilia, que no es un buen nombre, la verdad, se refiere a una escuela de hostilidad hacia la influencia y los valores occidentales -ilustrados- en Rusia; también hubo movimientos relacionados en Polonia, Hungría y Grecia).

N. del T.: el término Собо́рность se puede traducir al español como “comunión” o “comunidad”. Se ha elegido este segundo en el título para evitar disputas de índole religiosa entre los comentarios, aunque el primero es más exacto al referirse la palabra original rusa también a un ritual ortodoxo parecido a los Rosarios de la Aurora o las Vigilias Pascuales. Los eslavófilos por cierto tienen paralelismos con los carlistas españoles, los miguelistas portugueses, los cristeros mexicanos o los sanfedistas italianos. En suma, son manifestaciones locales de la Reacción.

La sobórnost/comunidad la definió el pensador eslavófilo Iván Kiréyevski de la siguiente manera:

La integridad de la sociedad, combinada con la independencia personal y la diversidad individual de los ciudadanos, que sólo es posible con la condición de que las personas separadas se subordinen libremente a valores absolutos y fundada en su libre creatividad sobre el amor al todo, el amor a la Iglesia, amor a la nación y al Estado.

Con la cuestión del libre albedrío hemos dado. Los individualistas declaran dicho libre albedrío bueno en todos los casos. Los colectivistas declaran al libre albedrío irrelevante en todos los casos. Para la Comunidad, los “valores absolutos” son los que se basan en consentimiento libre en vez de la imposición de una voluntad (como en el caso del gobierno comunista). Es decir, hay una diferencia entre colectivos artificiales basados en ideas impuestas y colectivos orgánicos basados en la experiencia vital. Kiréyevski da una lista de los que consideraba modos orgánicos de colectividad: religión (en su caso Cristianismo Ortodoxo), nacionalidad (en su caso la rusa), y Estado (en su caso el Imperio de los zares). Esos no son los úncios colectivos orgánicos, pero son de los principales, y no se debería entrar en ellos como “contratos” en el sentido de Rousseau sino como obras de amor.

Se puede creer en el libre albedrío, pero también decir en general que, dadas unas determinadas circunstancias nuestro libre albedrío de seres humanos tenderá a ciertos resultados predecibles que dependen de factores externos y de nuestra propia naturaleza. Por eso podemos rechazar la teoría del contrato social, mientras decimos también que la sociedad resultante no es una forma amable de esclavitud. La sociedad, y por extensión la civilización, son modos orgánicos de comportamiento orgánico, la colectividad es orgánica pero no todos los colectivos son orgánicos. Comunidades de personas con una misma orientación sexual, Estados proposicionales, las mujeres como un bloque de “sororidad” y, sí, el gobierno del proletariado; todos son artificiales.

N. del T.: Un Estado proposicional es uno que no se basa en la Historia y la etnia sino en una serie de principios ideológicos. Ejemplos son los EEUU o la Francia republicana o fue la URSS, aunque actualmente se impone la ficción de que todos los Estados occidentales son proposicionales. Meramente sugerir que ese no es el caso, o discutir la misma idea de los Estados proposicionales se considera como “fascismo”.

¿De dónde surgen las fuerzas vitales de un colectivo orgánico? Alexei Jomiakov, otro eslavófilo, lo explica: “La comunidad es una unidad orgánica, viva, cuyo origen es la gracia divina del amor mutuo”.

La fuente de esta voluntad de valores e intereses comunes es divina en su origen. Debe serlo para mantener a cada miembro de la sociedad en un efecto que es sencillo mantener con organismos “mecánicos” como las hormigas pero muy difícil para seres humanos con libre albedrío. ¿Por qué el ser humano en estado orgánico, sin ponzoña ideológica, se siente atraído a la religión, a la nación, al soberano, a su propia familia? ¿Por qué el invasor del Sur arrojará su vida por estos ideales colectivos, mientras el hombre europeo no hará aparentemente nada para proteger ni los mayores tesoros tecnológicos y monetarios que se han visto jamás, la torre de tesoros sobre la que reposa en verdad la comodidad del Occidente y contra la que abstracciones como la democracia y los derechos humanos son meros actores secundarios?

Porque por todos los males que sufren los musulmanes por todo el mundo, que son muchos, aún conservan cierto grado de comunidad, de sobórnost. Occidente se ha rendido, y ha sucumbido a elementos que trabajan activamente para destruir la colectividad orgánica. En su lugar, promueven el individualismo cuando la naturaleza caída del hombre lo perderá, y colectivismo cuando el hombre necesite descarriarse con un tirón brusco de sus riendas. Todo está orientado hacia abajo, todo hacia la disolución y el principio diabólico.

En este punto quiero citar un artículo del Arcipreste Andrés Tkachev sobre la actual crisis migratoria, haciendo notar que ha desesperado de cualquier esperanza en que Europa Occidental pudiese lograr lo siguiente (una llamada a despertar en sí mismo):

Los musulmanes del siglo XXI tienen una acusación contra los cristianos del siglo XXI. La esencia de esa acusación es simple: ¿Dónde está vuestra santidad? ¿Dónde la oración y el ayuno? ¿Dónde está el respeto a los mayores y la obediencia de la mujer al marido? ¿Dónde está vuestra juventud: en discotecas llenas de humo o en el gimnasio? ¿Dónde está la compasión? ¿No ya caridad, sino compasión? ¿Dónde está el conocimiento de vuestra propia historia? Y si callamos avergonzados por toda respuesta, nos dirán “Miradnos”. Nos mostrarán sus mejores cualidades, callarán las peores, y callaremos aún más. Luego no debemos callar. Nuestra respuesta debe ser viva y religiosa.

La supervivencia de un grupo, aunque esté rapiñado por otros, se debe en gran parte a la coherencia orgánica, interna de sí mismo. Si a un grupo le falta esto, mientras se niega a reconocer a su enemigo, sucumbirá en todas las batallas. En algún punto de esta línea de errores, ni toda la tecnología del mundo podrá cambiar el resultado. Ni siquiera lucharéis. Os desvaneceréis en silencio. Si vuestra sociedad se basa en el individualismo, estaréis jugando a la consola hasta que vuestros asesinos suban tronantes las escaleras enmoquetadas. Si vuestra sociedad se basa en algún colectivismo artificial (los patéticos “Valores Británicos” de David Cameron vienen a la mente como un buen ejemplo contemporáneo), estad seguros de que vuestra seguridad es tan frágil como marquetería fina en una lluvia de balas.

N. del T.: Esos “Valores Británicos” los podría suscribir cualquier democracia occidental, incluyendo el Estado español y son un ejemplo de nación proposicional.

Lo que falta en el análisis del arcipreste, sin embargo, es lo que expuso Châteaubriand con su refulgente prosa: “Los tiempos más desastrosos han producido las más grandes mentes. El metal más puro viene del horno más ardiente; el relámpago más fulgurante de las nubes más oscuras”.

La comunidad, como todas las grandes cosas, es obstaculizada tan a menudo por la distracción y la complacencia como por la conspiración. Quizá, para que el hombre occidental vuelva a sentir el tirón de los colectivos orgánicos que una vez lo sostuvieron y se han convertido en ruinas polvorientas, hay que recordarle primero lo que es capaz de sentir en primer lugar. Hacedlo pasar por el fuego y ved qué sale. Yo mismo tengo fe en que será puro y fuerte.

En resumen, la dicotomía individualismo/colectivismo es inadecuada para propósitos reaccionarios. Explica demasiado poco, y ofrece aún menos, sin importar de qué lado se ponga uno. Los motivos para un fuerte rechazo del individualismo se pueden encontrar en un gran número de ensayos diagnosticando las aflicciones del hombre moderno desde una perspectiva derechista. Respecto al colectivismo, podemos decir que disentir de colectivos artificiales puede estar moralmente justificado, pero disentir de colectivos orgánicos en agregado no. Por debajo de lo divino, hay un orden bastante impreciso (y en modo alguno completo), pero por poner un esbozo de jerarquía: disentir de Dios es pecado, disentir de la familia es abandono, y disentir de la nación y el soberano son traición implícita y explícita respectivamente.

¿Por qué? Porque estamos diseñados para unirnos a nuestros paisanos en la veneración de estas cosas, atraídos por su grandeza y la resonancia espiritual que hace eco desde un corazón sagrado. Cuando estos colectivos no están en conflicto entre ellos sino que trabajan en sinfonía, cuando nos dedicamos a ellos no por miedo sino por amor mutuo de lo que es realmente bueno, ésta es la misma esencia de la comunidad.

Extraído de Soul Guerrilla: 
http://soulguerrilla.com/index.php/2016/11/13/individualismo-colectivismo-comunidad/

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.